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Burn-Out. La caída

Hoy te quiero hablar del burn-out, pero no te voy a decir como está presente en nuestra sociedad y en nuestra empresa, no te voy a dar datos socio-económicos sobre el tema, te voy a contar mi historia personal, de cómo lo viví, de cómo lo afronté.

 

 

En 2010 hacía 2 años que había abierto mi propia consulta de psicoterapia, las cosas empezaban a marchar, aunque llevaba, como te imaginarás habiendo iniciado un proyecto de este tipo, 2 años trabajando mucho… y en vez de aflojar un poco e ir adoptando un estilo de vida más protector contra el estrés, poniendo atención en los distintos ámbitos de mí mismo, cuidarme… me inscribí en un master que implicaba clases los fines de semana (2-3 de cada 4, durante 2 años) mas prácticas hospitalarias con pacientes de cáncer, material de estudio, los correspondientes exámenes… aunque con 300 horas de prácticas bastaban, yo hice más de 1000 (iba de lunes a jueves entre 4 y 6 horas). De hecho, me hice cargo de la atención psicológica a los pacientes de cáncer del hospital: el segundo año tenía mi propio despacho y mi propia agenda.

 

Como me parecía que había mucho por hacer y yo quería dar el 200% de mí mismo, además de la atención psicológica me comprometí a ocuparme de la Educación para la Salud en cáncer de mama… en atención psicológica yo ya tenía experiencia, estaba colegiado, tenía mi propia consulta privada… pero en Educación para la salud (ahora se dice “Health Coaching”) aunque era un tema que siempre me había interesado y sobre el que tenía cierto conocimiento, no me consideraba suficientemente preparado – para desempeñar el cometido a un nivel acorde a mi nivel de auto-exigencia, claro – así que me puse a estudiar, a revisar estudios científicos de manera masiva… tanto fue así que de esta revisión de estudios salió un texto que constituye la revisión sistemática más extensa e inclusiva que se haya hecho hasta la fecha sobre Cáncer de Mama y Estilo de Vida (si te interesa, pincha aquí y descarga el texto Estilo de Vida y Cáncer de Mama).

 

Con este ritmo, auto-exigencia, incertidumbre, frustraciones diarias, complejidad de la tarea, desgaste por contagio emocional, etc. a principios de 2011 ya estaba quemado y bien quemado.

 

Te resumo cómo eran mis semanas: por las mañanas me levantaba a las 6:30 – mencionar que vivía en una casa de pueblo a medio restaurar, con mínimas comodidades – salía de casa sobre las 7:15 y llegaba al hospital entre las 8:00 y 8:15: daba atención psicológica individual, participaba en la información a pacientes – cuando se les daban las malas noticias – visitaba y acompañaba a las pacientes antes y tras la cirugía… entre las 13:00 y las 14:00 salía, dependiendo del día, y me iba a mi consulta. Si llegaba un poco antes, revisaba estudios científicos, comía -en media hora, en la misma consulta, donde teníamos cocina – y me ponía a atender pacientes – revisaba estudios cuando tenía alguna hora libre – y así daban las 21:00 o 22:00, cuando venía mi novia a recogerme y nos íbamos para casa, adonde llegábamos a las 23:00 o 0:00 – a menudo o pasábamos por el super a comprar algo o por el videoclub a pillar una peli, que no veíamos porque nos quedábamos dormidos, claro – y al llegar a casa – te decía que la casa estaba a medio restaurar – debía encender la chimenea porque los radiadores eléctricos no calentaban lo suficiente… también teníamos por lo general, además de dos perros, algún animal de granja: cuando no eran unas gallinas, eran unos conejos y cuando no, unas cabras enanas… todos muy simpáticos, pero que exigían algo de trabajo extra – otro poquito más. Recuerdo algún día de llegar a las doce de la noche, después de haber salido a las siete de la mañana de casa y, tras encender la chimenea ir al prado a ver a la cabra, a moverla de sitio para que tuviera mejor pasto, y que me envistiera por detrás y… ahora me río al recordarlo pero entonces te aseguro que no, ni pizca (el sentido del humor se pierde rápido cuando te vas quemando).

 

Los viernes me cogía un tren por la mañana de Oviedo a Madrid – que duraba unas 5 horas y que desde luego aprovechaba para estudiar exámenes o revisar investigaciones – para asistir a las clases del Master (viernes por la tarde y sábado todo el día). El domingo por la mañana regresaba en tren – estudiando, obvio – y por la tarde descansaba – ¿descansaba? Creo que no: ya estaba perdiendo la capacidad para tener un descanso fisiológico.

 

Un fin de semana al mes aproximadamente no teníamos clases y me quedaba en mi casita del pueblo. A veces lo pasaba bien con mi novia, a veces teníamos discusiones porque yo no quería hacer nada ni quedar con nadie – ella también sufrió mi sobre-implicación primero y mi burn-out después, desde luego que sí – me faltaba energía, me enfadaba con facilidad… Algunas veces salíamos de fiesta por la noche, tomábamos unas copas, y el domingo nos lo pasábamos “tirados” – a día de hoy no sé si aquellas fiestas e intoxicaciones me salvaron de la depresión o me acercaron a ella, pero desde luego descanso, lo que se dice descanso reparador, no me proporcionaron.

 

Toda esta sobrecarga laboral en un único ámbito: el intelectual, unida a que, como no me quedaba tiempo para nada más, había dejado de meditar, de hacer ejercicio físico, de escribir – que siempre me ha apasionado – de leer – algo que no fueran estudios científicos y textos de psicología – me llevaron de cabeza al burn-out.

 

No tenía ganas de hacer planes, ni siquiera de ocio – el poco tiempo que tenía – me enfada fácilmente, mi carácter se agrió, me empezaba a faltar energía… pero la sensación que más claramente recuerdo y con la que más identifico aquella época te la describiría como que “no me sentía dueño de mi propia vida”.

 

Si has pasado por algún episodio de este tipo sabrás de lo que te hablo.

 

Pero ya hayas pasado por ello o no, lee el siguiente artículo porque en él describo cómo salí de aquello y todo lo que aprendí. Quizás te ayude a evitar caer en estos mismos errores (aunque a menudo necesitamos equivocarnos nosotros mismos, ¿verdad?), quizás a reconocer estrategias que ya intuyes…

 

Y si estás inmerso en uno de estos duros episodios de burn-out, quizas te pueda servir como un cabo, un extremo de la soga al que agarrarte y salir a flote.

 

Te mando un abrazo,

Pablo

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